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El postre…

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Photo by Oaxalc Via Darco TT

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Felipe ya estaba harto, desde hace algunos meses no ha podido hacer sino estarlo, pero este día fue particularmente malo. Como lo ha hecho durante cinco años, salió esa mañana rumbo a su despacho a eso de las 7:30, hoy sin embargo a diferencia de hace 5 años y conforme a lo que ha ocurrido ininterrumpidamente desde hacer 9 meses perdió un cliente más. No uno cualquiera, ¡el último! Se fue, adiós, no más. Por más que Felipe la llenó de promesas, “las cosas van a cambiar, se lo digo”, pero la señora Martínez  ya no quería saber nada, le extendió un billete que cubría los costos de una sesión y le deseó suerte. Felipe entiende sus razones y no la culpa. Era la única cita que mantenía desde hace ya dos semanas pero hoy tuvo suficiente, apenas eran las 12:00 y él ya no tenía razón por la cual estar en la oficina. Despidió por el día a la recepcionista pues no tuvo valor para despedirla del empleo – ni el dinero para hacerlo, ¡malditas liquidaciones! -, se encerró en su oficina y se quitó el saco, se dedico a dormir. Eran ya las 5:00 cuando despertó. Cerró con llave, y caminó a la primera cantina que encontró, pidió un whisky y después otro, no es un gran bebedor y después del segundo perdió la cuenta, pero siguió tomando, lo suficiente como para perder el olfato momentáneamente. Así, medio paralizado,   fue que emprendió el camino a casa; si ya no puede oler, no será tan malo llegar a casa -pensaba-.

El acceso a los departamentos era por la calle de Velasco, su departamento daba a la calle de Libreros, ahí había escogido él que fuera su casa primordialmente por la vista que era grandiosa y el sol resplandecía en la sala prácticamente todo el día. Hermosa sala, hermosa casa; la envidia de los amigos que iban a cenar, a comer y a ver el futbol. Su mujer adoraba aquella casa, apenas llevan un año de vivir juntos pero bien podrían hacerlo el resto de sus días cree él. Embobado con esas ideas, abrió la puerta… Como una bofetada que le diera alguien en el cerebro le llegó el olor a churro, ¡churro! toda la casa, huele a churro. Churros y chocolate es lo que venden justo debajo de su departamento y a eso es a lo que huele su casa, su ropa, él, su mujer y el pobre gato. Caminó a la mesa de centro que hay entre los sillones junto al ventanal que da a la calle por sobre la churrería infernal, en la oscuridad creyó ver un papel, prendió la luz para leer. Era de Elisa… lo deja por alguien que no huela a masa frita… se llevó al gato… ¡Eso es todo! 9 meses oliendo churros, contra el chocolate no hay objeción pero ¡esos churros! primero arruinan su práctica de psicólogo – aparentemente es un churro hacer de confidente oliendo a churro-, luego merman su vida social alejando a sus amigos, devalúan su bella casa pues ahora aunque tirara los muebles, las paredes conservarían el gratísimo aroma; y para acabar se arreglaron bastante bien para correr a su mujer y al felino que según dice Elisa en su carta, estaba siendo abusado -pobre gato-.

No más cartas amables a las autoridades, no más quejas y muestras de inconformidad vecinal no agresiva, Felipe va a su habitación abre el  closet y saca de debajo de las cajas de los zapatos una escopeta que no ha sido disparada en tantos años como lleva él en esta tierra, era de su abuelo. Felipe la ensambla pues el doble cañón no esta pegado a la culata, el arma hace “click” y en su cara una sonrisa hace casi el mismo ruido. Felipe no tiene balas. Pero si un plan y esa mirada de loco que sus ojos adoptaron apenas terminó de leer la carta le da credibilidad suficiente -en serio, ¿quién va  a discutir con él?-. El plan es muy sencillo, va  a acabar con la fuente de los churros, esperara a que cierre el lugar y se encargara personalmente de esta.

A las 10:00 hrs sale el penúltimo empleado del lugar, el que Felipe esperaba, sólo queda en el local el dueño del lugar contando su dinero apestoso. Los empleados salen por la puerta de servicio que da, como la puerta de felipe, a la calle Velasco. Felipe llega por detrás del empleado apenas este da dos pasos más allá de la salida de servicio. Lo encañona y con un movimiento de cabeza le dice que se meta en la otra puerta. Lo mete a su casa, ¡lo logró! se robo al churrero, lo secuestró, no mas churros. “De poco te servirá Felipe, Los demás empleados saben hacer churros también” decía Jaime poco antes de ser amordazado y guardado en el closet. Salió de nuevo de la casa, esta vez se metió en la churrería, y demando dinero, mucho dinero, el dueño no se resistió entrego todo hasta el reloj. Sólo permaneció vestido porque Felipe así se lo permitió. Después, también fue a dar al closet.

Felipe ahora vive en Bahamas, con un perro que no huele a churro y en una cabaña perfumada a coco, Elisa nunca volvió. Mejor, pues seguramente sigue oliendo a churro. Felipe es ahora un pescador, no de almas, de langostas. Su mujer que también huele a coco las cocina Quizá debió preguntarle al churrero Jaime cómo hacer un churro, acá no los conocen y serían un exito en su restaurante como postre…

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Bibloteca de la Universidad de Salamanca

Biblioteca de la Universidad de Salamanca. Photo by Darco TT

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Espero no vivir tanto como para tener que recordar lo que era una librería y  las horas que se sucedían volando en ella buscando el libro adecuado. Espero no vivir para cuando no haya libros que se puedan marcar o saber de quién son, y hace cuanto han sido, por su simple olor. Espero que ya no este aquí cuando no se pueda tomar una pluma y escribir en la portada de algún libro una dedicatoria que signifique algo para sólo dos personas. Espero no ser más cuando un libro impreso sea un lujo que pocos puedan darse y no uno que haya que darse. Espero no quede nada de mí, para cuando la gente ya no pueda sino tener archivos de texto estériles e inexistentes; idénticos en todo sentido al del vecino.

Que siempre haya, mientras yo esté aquí, dónde ir a buscar libros usados con olores extraños: a viejo y a experiencia con humedad; que siempre se pueda encontrar un libro con un viejo retrato, un boleto de cine, alguna flor seca o un simple doblez, separando alguna página; con algunos rayones o algunas notas al borde del texto, quizá escritas a la carrera quizá con toda la dedicación y delicadeza que una labor significativa merece. Que cuanto dure yo aquí, pueda leer alguna dedicatoria ajena que para alguien haya significado algo que yo sólo puedo imaginar. Que siga siendo el libro el que me diga si alguien lo ha leído o si fue  su simple lomo colorido lo que lo vendió. Que no me toque leer algo que no tema deshojar en un descuido; que no pueda secar, apuradamente, después de que la haya caído algún brebaje y dejarlo al sol esperando que, si bien ya no arruinado, no quede muy arrugado.

Ojalá nunca tenga que dejar de preocuparme por saber en que pared voy a poner la siguiente repisa. Ojalá pueda soplar el polvo de ese libro querido que lleva rato cerrado y ogullóso en su lugar de siempre. Quiero siempre poder leer en tanto haya un leve haz de luz;  sentir que la mudanza acabo cuando todos los libros están fuera de sus cajas.

Quiero ver un Kindle que pueda meter al agua sólo para ver luego si también sobrevive a una novia furiosa que lo arroje contra la cabeza del artífice de la furia mencionada. Quiero ver uno que pueda guardar durante años 100USD, regalo olvidado, de un cumpleaños antiguo, o 500 pesos que alguna vez se guardaron para tiempos difíciles.  Quiero ver a los intolerantes haciendo transición de quemar libros a borrar archivos del dichoso artefacto. Quiero ver como alguien se pueda defender del profesor diciendo: “no lo leí porqué lo tenían agotado en la librería”, ¿”se lo comió el perro”?  -quizá eso todavía sirva…-.

Claro, son ventajosos esos chismes electrónicos. Y si Dios  se tomara a pecho a alguien diciendo: “si yo he leído en un Ipod touch o Kindle que me parta un rayo”, ya estaría partido. Es práctico, aunque riesgoso -al menos en esta ciudad- leer el New York Times en el metro o en el camión, y luego pasar a leer algo de Chéjov -en estos días- y quizá después alguna revista. Pero no es ni por mucho razón para sustituir una librería, biblioteca o colección personal por un montón de unos y ceros arremedando letras*.

Afortunadamente, creo que mi vicio esta “asegurado” al menos mientras viva. que se las entienda otra generación con un mundo sin papel. Ya llegaremos(an) ahí invariablemente, ¿cuál es la prisa?.

* e.g. No es para tanto

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Un día… alguna noche.

Zocalo Mexico DF

El Zócalo

(Photo by Ricardo Aretia)

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Todo el día estuvo dando rienda suelta a sus pensamientos mientras caminaba por las muy pobladas, pero apacibles calles del centro de la ciudad, su ciudad, la que tanto admira y quiere. Las calles como en todo fin de semana que se precie de serlo se encuentran abarrotadas, pero el sólo puede pensar en lo que en estas falta.

Las calles, se encuentren como se encuentren, para él bien podrían estar vacías, apenas nota el movimiento a su alrededor, apenas y le importa. Sin embargo, siempre tiene reservada una mirada plena de maravilla; es para los edificios y palacios que hay a cada paso. Se adentra en alguno de ellos y se acerca a un grupo de turistas que, enfocan cámaras, señalan mapas y buscan, pidiendo con elaborados ademanes y algo parecido al español, quién les pueda tratar de sacar una foto en el patio, con su complicada cámara: “Yes, just push the button”. Con ellos se queda oyendo la historia del edificio que no atiende del todo, sabe ya de sobra gran parte de esta. Sólo está interesado en volver a oír ciertos detalles, ciertas cosas, algo que lo lleve más profundo en su mente. El Palacio de Iturbide, ya hacía rato.

Mecánicamente, camina y camina hasta que llega a un restaurante, tiene hambre. Pide sin interés un plato que parece, podrá masticar y tragar sin mucho desdén. Y así lo hace. Mientras come, mira por la ventana a la gente pasar, reír, gritar, comprar baratijas y lujos envidiables. ¡Que sigan con sus vidas! Sin querer acabó con todos los platos de la comida de tres tiempos que ordenó, y ya el mesero incluso lleva rato esperando que se digne a firmar el boucher por la cuenta. Lo hace, paga sin dinero, que comodidad.

Son las cuatro de la tarde, o eso dice su reloj. El camino lo lleva a una cantina, hay futbol, o debe de haber, después de todo es para eso para lo que sirven los sabados, y busca una distracción que espera pueda captar su atención; sacarlo un poco del sopor. Pide una cerveza fría, pero apenas puede beber la mitad. Sí, hay un juego en la tele pero bien podría ser un torneo de golf o carreras de patos. No le interesa.

-Sírveme un tequila -dice. Y así llegaron frente a él tres caballitos con el licor, uno después del otro. El orden.

Llegó la noche, son las siete y media, afuera las luces están encendidas en las calles y de lejos llega un escándalo. El compañero de barra le hizo saber que se trata de un festival que tiene por nombre Noche de Primavera -era 21 de Marzo-, y esta es su sexta edición de ahí el nombre del mismo: La Sexta noche de la Primavera. La lógica.

Pagó lo que bebió y salió a la calle una vez más, semiresuelto a ir a su casa. Caminaba sobre Avenida Madero, los sonidos de los diversos espectáculos que había repartidos por las calles se ahogaban en sus pensamientos. Veía luces y gente, luces y gente; de pronto, un sonido lo saco del sopor de todo el día, le hizo levantar la vista y descubrir su origen. Caminó. Mientras más cerca estaba más hermoso, una voz que venia de un balcón, cantaba; entretenía a la gente que veía a su dueña desde el suelo. Él se dejo envolver. Buscó una pared libre y se recargó en ella, cerró los ojos y se permitió imaginar que tenía lo que buscaba, que compartía esa voz y ese momento; que, aún que efímero, ese momento de claridad y puro gozo iba a durar cuanto él necesitara. Los tonos que la soprano alcanzaba… las cosas que le hacía recordar, los sentimientos que se agitaban. La música, una guitarra y una voz; para eso es.

No hacia falta una sala de conciertos no hacia falta una orquesta, no hacia falta más iluminación, ni más o menos gente en la calle. Estábamos todos los que teníamos que ser, los demás no importaban. La compañía.

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